El especialista Osvaldo Ruffini advierte que el sector debe invertir en genética y manejo para salir del retroceso. La clave: apuntar al cordero pesado y aplicar el exitoso modelo de la industria porcina.
La producción ovina en Argentina atraviesa un momento de quiebre que exige un cambio estructural profundo. Según el médico veterinario y productor Osvaldo Ruffini, el sector en el norte del país ha quedado “descalzado” tras la caída del mercado lanero, lo que generó un círculo vicioso de desaliento, abigeato y reducción de majadas. Para revertir esta situación, el experto propone una reconversión total orientada a la producción de carne como eje de rentabilidad.
La propuesta central radica en la inversión en genética y nutrición para lograr el “cordero pesado”. Ruffini señala que ya no es eficiente producir con las majadas tradicionales; hoy el mercado demanda cruzamientos con razas carniceras como Dorper, Hampshire Down o Texel. Esta transformación tecnológica permitiría generar una oferta sostenida que rompa con la estacionalidad del consumo, limitada actualmente a las fiestas de fin de año.
Una de las ventajas competitivas del ovino frente a la ganadería vacuna es su rapidez de retorno. Mientras que el ciclo de la vaca es extenso, una inversión en genética ovina puede mostrar resultados en apenas ocho meses. El modelo para seguir es el de la industria porcina: aplicar tecnología, asegurar los partos y utilizar herramientas como redes eléctricas y perros protectores para profesionalizar la actividad desde el primer eslabón.
El desafío final es cultural y comercial. Para que la demanda crezca, los productores deben garantizar una masa crítica de oferta constante. Ruffini insiste en que la oveja es un gran negocio, pero requiere “poner plata” y compromiso para reconvertirse. Solo con una cadena fragmentada que logre unirse desde el campo será posible posicionar nuevamente al sector como un pilar competitivo de la economía regional.






