De un hobby a un proyecto de 12.000 botellas: la historia de la bodega Del Blanco, que apuesta por un Malbec joven, genuino y pensado para el disfrute cotidiano.

En el corazón de Colalao del Valle, donde la tradición vitivinícola suele heredarse de generación en generación, nace una historia diferente. Cáscara Negra es el resultado de la pasión de Nicolás del Blanco, un oftalmólogo tucumano que eligió estas tierras para transformar lo que comenzó como una producción casera para compartir con amigos en un proyecto comercial con identidad propia.

El nombre tiene un origen tan auténtico como su vino: surgió durante una cosecha difícil, cuando un capataz, conmovido al ver cómo las abejas acechaban la fruta, exclamó con emoción: “hay que sacar la uva porque ya queda la cáscara negra nomás”. Esa frase quedó grabada como la esencia de una bodega que hoy produce 12.000 botellas y busca consolidarse en el mapa de los Valles Calchaquíes.

A diferencia de las etiquetas que buscan altos puntajes en rankings internacionales, Cáscara Negra se define por su accesibilidad. Se trata de un Malbec 100%, joven, ligero y sin paso por barrica. Según explica Emilio Benites, responsable técnico del proyecto, el vino se añeja en botella durante seis meses para lograr su punto óptimo, cuidando meticulosamente cada detalle —desde el control del macerado hasta un filtrado natural— para evitar amargores y lograr un perfil amigable al paladar.

El futuro de la bodega Del Blanco se expande con la misma filosofía. Con tres hectáreas de viñedos que ya albergan diversas variedades, el objetivo es mantener la excelencia por sobre el volumen. El sueño próximo es abrir un espacio gastronómico sobre la ruta, consolidando un lugar donde el vino, la cocina regional y el paisaje inviten a los visitantes a detenerse, disfrutar y brindar, manteniendo siempre intacta la premisa inicial: hacer de cada botella una invitación a compartir.