Tras el impacto inicial de las variedades Kissabel, especialistas profundizan en una evaluación agronómica de largo plazo. El objetivo: confirmar que esta innovación genética sea un negocio rentable y sostenible en el clima patagónico.
La fruticultura argentina enfrenta en Río Negro un desafío de alta precisión. Luego de la llegada de las manzanas de pulpa roja a la Argentina, el INTA Alto Valle inició una etapa crítica de validación técnica que definirá el futuro comercial de estas variedades premium. A través de un seguimiento que se extenderá por hasta una década, los especialistas buscan asegurar que el comportamiento de la genética en el campo sea tan sobresaliente como su aspecto visual.
El proceso de validación, liderado por la técnica Paula Calvo, es riguroso y exhaustivo. “El objetivo es validar qué variedades logran responder a las exigencias de diferenciación visual y calidad que demanda el mercado internacional, sin descuidar el rendimiento productivo en nuestras condiciones”, explica Calvo. Para ello, se aplican protocolos de alta complejidad que incluyen desde el monitoreo fenológico —siguiendo la metodología de Fleckinger— hasta análisis semanales de laboratorio sobre firmeza, acidez y contenido de azúcares.
La innovación no termina en la cosecha. La intensidad del color rojo en la pulpa, rico en antocianinas y antioxidantes, se controla mediante cartas cromáticas estandarizadas para garantizar estándares de exportación. Este control de calidad asegura que cada manzana cumpla con la promesa de valor hacia un consumidor que busca productos funcionales, innovadores y saludables.
Tras haber superado los protocolos de bioseguridad del SENASA, estas variedades se cultivan bajo sistemas de microaspersión y protección contra heladas. Con este respaldo técnico, el INTA busca que el Alto Valle no solo adopte una novedad genética, sino que logre posicionarse de manera definitiva en los nichos de mercado de alto valor, consolidando al sector como un referente de calidad premium a nivel mundial.






