La expansión del riego se consolida como la gran frontera pendiente del agro argentino. Un reciente informe de la Fundación FADA revela que el país cuenta con un potencial de 7,5 millones de hectáreas aptas para incorporar sistemas de riego, lo que permitiría no solo estabilizar rendimientos frente al clima, sino generar un shock de producción y empleo.
El impacto es contundente: aprovechar esta superficie crearía más de 27.000 nuevos puestos de trabajo (2 empleos cada 100 hectáreas irrigadas) en logística, servicios y tecnología. En términos de divisas, el valor bruto de la producción aumentaría en USD 1.120 millones, con un aporte exportador adicional de USD 935 millones.

En zonas núcleo como Córdoba y Buenos Aires, el riego permite saltos de rendimiento de hasta el 85% en maíz y el 62% en soja. Sin embargo, el desafío es la inversión: instalar un sistema de pivote ronda los USD 2.000 por hectárea. Para acelerar este proceso, el sector reclama incentivos claros: amortización acelerada, devolución de saldos de IVA y una reducción en el costo de la energía eléctrica (que hoy tributa un 27%).
Para las economías regionales del NOA, la eficiencia hídrica y el uso de energías renovables en el riego no son solo una opción de mejora, sino la garantía de estabilidad productiva para las próximas décadas.